Hoy escribo con el corazón pesado. Gabriela Nicole Pratts Rosario, una joven cuya vida fue arrebatada de la manera más brutal, me duele profundamente. No soy madre, pero como escritora y ser humano, siento el grito de esa madre rota, el eco de una pérdida que trasciende palabras. Este texto nace desde ese dolor, desde esa rabia que no me deja en paz.
Cuando la crianza decide quién vive y quién muere
No debería estar escribiendo esto. No debería existir una madre que entierre a su hija mientras todavía siente en la piel el forcejeo de quienes le impidieron salvarla. No debería haber niñas que se convierten en verdugos antes de ser adultas. Y, sin embargo, aquí estamos.
La violencia no nace en la noche de un crimen. Se cocina a fuego lento, en casas donde la empatía nunca se sirve en la mesa, donde el respeto es un idioma olvidado, donde el límite no existe o solo se impone con golpes y gritos. En cada momento en que un padre o madre deja que el odio, el desprecio o la indiferencia sea el maestro, el cerebro de un niño se moldea. Y créanme: el cerebro aprende.
La neuropsicología lo confirma: el córtex prefrontal —la parte que frena impulsos, que mide consecuencias, que nos susurra “detente, esto está mal”— se forma durante la infancia y adolescencia. No es magia, es biología y es crianza. Si un niño crece sin que nadie le enseñe a sostener la rabia, a ponerse en los zapatos de otro, a reconocer el valor de una vida, entonces ese freno no existe. Y cuando el freno no existe, la violencia no es una excepción… es una respuesta automática.
Hoy hay una madre rota, una familia destrozada, una comunidad sangrando. Y hay también seis jóvenes que, en lugar de estar aprendiendo a construir, aprendieron a destruir. No es casualidad. No es “mala suerte”. Es el resultado de años de siembra —o de abandono.
La crianza no es solo un acto de amor: es una responsabilidad tan grande que de ella depende la vida o la muerte de otros. Lo que enseñamos, lo que toleramos, lo que permitimos… todo se imprime en el alma y en el cerebro de un niño.
Muchos padres creen que la educación de sus hijos es tarea de la escuela, del gobierno, de la sociedad. Pero todo comienza en el hogar, en el tejido invisible del día a día. Y no es sencillo: no todos llegan con las manos limpias ni el corazón entero.
Hay padres rotos, heridos por sus propias batallas, cargando cicatrices que a veces ni saben cómo sanar. Esas heridas se transmiten, si no se enfrentan, como un legado silencioso. Pero también hay quienes luchan por romper esa cadena, por no dejar que el dolor que recibieron sea el dolor que entreguen.
Cuidar la salud mental no es señal de locura ni debilidad. Es comprender que nuestro cerebro —ese órgano que regula quiénes somos y cómo reaccionamos— se moldea día a día con nuestras experiencias, con el amor o con el daño que recibimos.
Es tan fundamental como cuidar el corazón, la piel, los huesos o cualquier órgano vital. Así como acudimos al cardiólogo, al dermatólogo, al ginecólogo, al odontólogo o al médico general cuando algo no está bien en nuestro cuerpo, debemos buscar ayuda profesional para nuestra mente y emociones. Psicólogos, psiquiatras, terapeutas y consejeros son aliados indispensables para sanar heridas invisibles que pueden marcar generaciones.
Cuidar la salud mental es cuidar la vida.
Y cuando fallamos, el precio se paga en funerales.
Desde el eco de mi interior,
D’Rova