¿Fe oparanoia? Cuando el diablo se vuelve protagonista de la espiritualidad
(¿Por qué todo tiene que ser culpa del diablo?)
Muchas veces me pregunto, ¿por qué en ciertas comunidades cristianas el diablo aparece en todas partes? En el éxito de alguien, en un concierto, en la línea de un producto, en el asesinato de una persona... Parece que cada acción humana está marcada por esa figura oscura. Pero, ¿por qué siempre atribuir lo malo al diablo? ¿Acaso no hay otros factores que explicarían las decisiones y situaciones humanas, como la crianza, el entorno, la salud mental?
Cuando decimos que alguien cometió un error o actuó mal porque “el diablo lo tentó” o “el diablo está obrando”, muchas veces evitamos la reflexión más profunda y humana que deberíamos hacer. ¿Qué pasa con la historia de esa persona? ¿Qué pasa con su crianza, su dolor, su mente y su alma? Por ejemplo, un joven que termina cometiendo un crimen no siempre está poseído o influenciado por una fuerza maligna externa; muchas veces fue criado en un ambiente violento, sin apoyo emocional, o lucha con traumas y enfermedades mentales que nadie quiso ver.
Pienso en una mujer que decide dejar un matrimonio abusivo, y escucho decir que “el diablo destruyó su hogar”. Pero si observamos con honestidad, lo que hubo fue dolor real, sufrimiento, y una necesidad urgente de sanar y protegerse. No hay ningún pacto oscuro ni entidad invisible obligándola a eso, sino un ser humano buscando libertad.
Me parece también que muchas veces se ve al diablo en el éxito ajeno, especialmente si la persona no pertenece a esa misma fe o comunidad. He escuchado decir que alguien que progresa o triunfa ha hecho un pacto con el diablo, o que si un artista habla de espiritualidad distinta es automáticamente un satanista. Sin embargo, cuando dentro de las propias iglesias hay abusos, manipulaciones o corrupción, estos son justificados o silenciados con excusas como “todos somos humanos” o “Dios obra a través de ellos”.
Este doble estándar es peligroso. Por ejemplo, se ha tachado a artistas como Taylor Swift de “bruja” por usar ciertos símbolos o hablar de energía femenina, pero cuando un pastor millonario explota a su congregación o vive en el lujo, poco se dice. ¿No es esta una mirada selectiva que, en el fondo, protege ciertos intereses?
La raíz de todo esto me parece que está en una teología del miedo que muchos han recibido desde pequeños. “Si haces esto, el diablo te va a tentar”. “Eso es mundano, eso es del diablo”. “Ten cuidado con la música, la ropa, los colores, los gestos…”. Esto crea una visión del mundo paranoica, donde todo es sospechoso, donde el enemigo acecha en cada esquina y Dios parece un carcelero que impone reglas para evitar que el mal entre.
Recuerdo madres que le prohíben a sus hijos escuchar cierto tipo de música o usar cierta ropa porque “tiene mensajes satánicos”, pero nunca se detienen a preguntar cómo se siente ese niño, qué necesita realmente, o qué emociones está procesando.
Lo que más me inquieta es que, paradójicamente, muchas personas que hablan constantemente del diablo, lo mencionan mucho más que a Dios. Hablan de ataques espirituales, de tentaciones, del mal que acecha, pero poco de la compasión, la misericordia, la esperanza y el amor que su propia fe predica.
Me pregunto entonces, ¿a quién están haciendo más famoso con sus palabras? ¿Al diablo o a Dios? Porque cuando el foco está siempre en el enemigo, el amor queda en segundo plano, y la espiritualidad se vuelve una guerra constante, agotadora y triste.
Además, esta constante búsqueda del diablo como explicación para todo es una forma de evadir la responsabilidad personal y social. Si alguien comete un asesinato, se dice “el diablo lo poseyó”, pero no se habla de las redes de violencia, la pobreza, la negligencia o el silencio cómplice que permitieron que eso ocurriera. Si alguien se suicida, “el diablolo engañó”, pero nadie mira la soledad, el dolor y la falta de apoyo real que esa persona enfrentó.
Pensemos en una niña que fue abusada, y la comunidad dice que “el diablo se metió en ese hombre”. Y está bien identificar el mal, pero también es necesario mirar la cultura de silencio, la impunidad y el abandono que la rodearon. Eso no es solo obra del diablo, es también responsabilidad humana, social y colectiva.
Ver el mal en todas partes no es fe, es paranoia. Ver al diablo en todo lo que no comprendemos o no controlamos no nos hace más espirituales, nos hace menos humanos. Porque mientras culpamos al diablo, dejamos de mirar a los ojos al ser humano que sufre, que lucha y que necesita ser escuchado.
Invito a quienes leen esto a abrir los ojos, el corazón y la mente. No a negar el mal, pero sí a entender que detrás de cada historia hay personas con heridas reales. A que busquemos más amor que miedo, más empatía que acusación. Porque solo así podremos construir una espiritualidad auténtica, sana y liberadora.
Desde el eco de mi interior,
D’Rova